Ana se despertó sobresaltada, el cielo se caía en pedazos, truenos y relámpagos lo azotaban y estremecían las ventana, sudorosa y temblando se dio el parón, luego recapacitó en que había tenido una pesadilla. Los recuerdos la fustigaban una y otra vez. Extrañaba a Sandra, se habían hecho amigas inmediatamente después que Sergio se la presentó, salían de compras juntas, paseaba, reían y estrechaban lazos diariamente, por eso se culpaba de haberle hecho daño, haberle engañado y haberse metido nuevamente con Sergio. Recordaba a Sergio y lo extrañaba, siempre fueron unidos y desde que empezaron a tener sexo había un lazo más que los unía, aún y que se culpaba por ser tan débil, extrañaba los brazos fuertes, los besos llenos de pasión y la manera en que Sergio la tomaba, era como si el mismo cielo que ahora se rompía, en aquellos momentos se abría ante ella y le mostraba el paraíso.
Pensaba en todo ello mientras veía por la ventana, se dirigió luego a la cocina, calentó un poco de leche y pasó las siguientes horas viendo cómo caía la lluvia.
- ¡Ana despierta¡ Estás aletargada hoy, ¿qué te sucede?
No le dio tiempo de responder a Ana y su jefe continuo diciéndole: “necesito que atiendas inmediatamente al Sr. Múgica, está pidiendo tu asesoría, de qué si es o no buen momento para invertir, atiéndele como es debido y no lo pierdas”, le encomió Esteban.
- Ya lo sé Esteban, ¿cuándo hemos perdido un cliente? Me hablas como si fuera una novata, pásame la llamada por favor.
- Si Sr. Múgica, si es buen momento para invertir, le puedo ofrecer 6.7%, usted dígame si es buena oferta.
A pesar de tener una maraña de pensamientos, Ana en lo laboral era toda una profesional aguerrida y conocía perfectamente el mercado bursátil; por algo muchos de los clientes preferían sus conocimientos y los había hecho crecer económicamente
Paso el día sin tanto aspaviento, casi no había comido, así que llegó al Kotto a comprar sushi, cenó sola, el silencio de la casa le estallaba en la cara y casi podía ver alrededor de la vela, que había encendido, cuando Sandra entró y los encontró gozando, bañados de sudor y gimiendo.
Asqueada por los recuerdos fue y vomitó lo poco que había comido.
Preparó la tina, puso velas y empezó a desnudarse, fue por su copa de vino que había dejado en el comedor y empezó a llorar quedamente. Su pelo suelto cubría parte de sus senos y la luz de las velas daba un toque especial a su escultural cuerpo. Las lágrimas resbalaban por su cara aún maquillada; se metió en la tina y cerró sus ojos, el agua tibia y el vino dulce la relajaron y empezó a sentir una turbación en su interior, empezó a lavar su cuerpo con parsimonia, tocaba sus senos y se erizaban, lavaba sus muslos y sentía un rico estremecimiento, poco a poco redescubría su sexo que fue despertando como de un largo letargo. Largamente acarició su cuerpo, la imagen de Sergio en la cama la seguían una y otra vez, sus ojos cerrados guardaban toda su musculatura, toda su hombría, su sexo febril que la empujaba y llenaba una y otra vez, sus palabras sucias que resonaban en sus oídos, ante tales escenas se fue entregando para después estallar fuertemente como las veces que estaba con él.
Se quedó dormida en aquel pequeño lugar, con sus manos cubriendo sus senos antes erizados. Despertó después solo para ir a caer directamente en su cama.
Los meses iban pasando, su vida no era más que una rutina entre el trabajo, la maestría, y ahora hasta las manifestaciones de los tapados se habían vuelto parte de su vida, un par de veces quedó ante esa marabunta de gente que se atrevía a exigir que sacaran a los soldados del país. Pensaba viendo a las madres con sus niños pequeños que como era posible que se prestaran a tal juego, que arriesgaran lo más preciado que tienen los padres, que expusieran a sus niños que no tenían ninguna culpa, salvo tener esas madres.
Una y otra vez Ana se repetía que no podía seguir así, que tenía que darle vuelta a la página, cerrar el círculo y continuar. Que Sandra y Sergio estaban ya en un pasado lejano, que salvo un milagro las cosas podían ser como antes.
Armándose de ánimo, se inscribió en el Super Fitness, empezó a asistir por las mañanas, antes de irse a trabajar, aún y la desmañanada los ejercicios despejaban su mente y la hacían trabajar con mas ahínco y no sentía tanto el estrés ante la volatilidad del dólar, que estaba como su vida, con una inestabilidad total.
Se fue haciendo de nuevas amistades que la distraían y le traían aventuras nuevas. Ya había notado que Patricio, un chico que la seguía siempre con la mirada, y que cuando se ponía a platicar con algunos chicos el se unía.
- Buenos días Patricio, ¿listo para empezar?
- Si, Ana, empecemos a trabajar los músculos.
- ¿Qué harás mañana?
- No sé Patricio, ¿tienes algo en mente?
- No te gustaría que fuéramos por el Barrio Antiguo a algún antro, sin nada planeado, voy a tu casa por ti, y vamos, si alguno nos late entramos y si no podemos caminar.
- Me parece bien, ¿a las 9?
- Si, ¿qué dirección es?
Ana se sintió motivada, había pasado ya mucho tiempo sin salir a divertirse, se decidió a pasársela bien, aunque el chico fuera uno más del montón, no se crearía falsas expectativas y sólo disfrutaría el momento.
Se llegó el sábado y puntualmente llegó Patricio, tocó el timbre y al abrir Ana, la vio más hermosa que cuando la veía con sus entallados pantalones de jogging.
Pasearon por ahí y llegaron al Barrio.
- ¿Entramos a éste?
- ¿Lo conoces?
- No, ¿y tú?
- Tampoco.
- Vamos.
Encontraron una mesita y empezaron a pedir cervezas, llegó la botana y la música ya estaba en pleno. Se pararon y empezaron a bailar “con todos menos contigo”… Ana se sentía feliz, las chelas empezaban a hacerle burbujas en la cabeza, disfrutaba y reía. Siguieron con música de banda, con pop; Patricio se movía cadenciosamente y atraía para si a Ana quien como una hoja que lleva el viento, se pegaba y separaba de él, le acariciaba el dorso, y el aprovechaba para tocar casi imperceptiblemente sus nalgas.
- Voy al baño, le dijo ella.
- Ok, te espero.
Ana hizo una fila enorme, cuando por fin entro al bañó, alguien empujó la puerta y cerró intempestivamente…
- ¡¿Qué haces aquí?!
- Ya no aguanto Ana, me encantas, quiero hacértelo aquí.
La apretó fuertemente y empezó a besarla frenéticamente, notaba el miembro de Patricio eréctil, jadeaba y aunque se resistía, gozaba.
Patricio de un tirón le arrancó la tanga que cayó en el suelo, la cargó y la llevó contra la pared del baño, la penetró y beso enloquecidamente, una y otra vez salía de su cuerpo. Afuera la música sonaba ruidosamente y los pasos de mujeres que entraban y salían del baño se unían a la vez a los jadeos, se dejaron ir a la par, escuchando en sus oídos “ojala que te mueras que todos”…
- Patricio te volviste loco, pero fue maravilloso que lo hicieras.
- Ya no podía más Ana, perdóname si fui brusco.
- No, estuvo perfecto, no te preocupes, me gusta así, que se imprima un poco de fuerza.
- Sírveme otras dos Tecate Light.
Continuaron tomando y bailando pegados los cuerpos. De entre la multitud se acercó un tipo mal encarado, alto, robusto, diciéndole al oído a Patricio.
- Vale $50 pesos, ¿va?
- ¿Qué es?
- Lo mejor, cristal, ¿va? Ya son las últimas, las quieres o no, te garantizo que tendrás la mejor noche de tu vida y junto a esa chiquita, ¡uf! De mi te acordarás mañana.
- Dámela.
Compró tres bolsitas y se las metió en el pantalón.
- Compraste cosas Patricio, ¿eh?
- Si, ¿a poco no se te antoja?
- Jamás me he metido de eso Patricio, puedo ser una mentirosa, pero una yonki no.
- ¡Ya! que con una vez que lo hagas no te harás yonki.
- Mhmh… no sé.
Se sentaron un poco y luego le dijo Patricio que iría al baño, cuando regresó, lo notó distinto, sus pupilas dilatadas, caminaba como flotando, llegó y la besó, y la empezó a acariciar ahí ante el barullo del antro.
Le dio un pase a Ana, el resto de la gente no se dio cuenta de nada y si alguien se percató, lo tomó como una cosa más.
Partieron poco antes de las 6 de la mañana, fueron a casa de Ana, casi si iban desvistiendo desde que se bajaron del carro, ambos reían y cantaban “para que te quedes, para que te quedes conmigo”, Ana estaba extasiada, brincoteando desnuda en su cama, Patricio la veía y rompía en carcajadas… de repente le agarró un pie y la jaló.
- ¡Ven!
Ana se sentó frente a él y empezó a acariciarle su miembro que inmediatamente se volvió duro y empezó a hacerle sexo oral, le apretaba las pompas y le marcaba sus uñas en ellas, él gozaba y gemía, le acariciaba la cabeza y jalaba el pelo, se dejo ir, después en su boca.
Después de volverlo a hacer, cayeron como piedras en la cama.
Amaneció, el domingo radiaba y cerca de mediodía Ana despertó.
- ¿Sigues aquí?
- ¿Qué, qué?
- Patricio, levántate y vete. Vete ya, quiero estar sola.
- Pero, ¿qué te pasa? Hemos tenido la mejor noche, y el sexo ha sido buenísimo.
- Si. Por favor vete. Otro día hablamos
Patricio se fue desconcertado, Ana le gustaba mucho, no quería perderla. Lo de la droga había sido sólo un desliz, él no era un drogadicto, quería que las cosas con Ana fueran avanzando.
Sin embargo, Ana, no pensaba igual, otra vez, empezó a sentirse culpable por haberse dejado llevar, por permitirle a Patricio llegar tan lejos y por haberse metido esa cochinada.
“No puedo hacer nada bien, soy una estúpida, una imbécil, ¿por qué si soy toda una fregonada profesionalmente no puede ser así mi vida personal? ¿Por qué permito que cualquier hombre me posea? ¿Por qué soy tan débil? Mi vida es todo un caos desde hace 6 meses, no logro despojarme de este sentimiento de culpa que me abruma”.
La cabeza de Ana estallaba de dolor, de culpa, de sentimientos encontrados hacia Patricio.
Mientras tanto el día avanzaba sigilosamente y Patricio en su casa repasaba en su mente lo que había pasado y aún sentía el cálido cuerpo de Ana en sus brazos.

