segunda Diarrea :: Lidia Castaño

Era la palabra que retumbaba en los oídos de Lidia. La voz le resulto algo familiar, pero curiosamente no le interesaba saber a quién pertenecía. Colgó el auricular casi de manera mecánica. Fue a su cuarto, dentro del closet encontró una caja de zapatos y dentro de ella extrajo un pequeño libro. Era la segunda novela que había escrito. Guardo el libro en su bolsa y salió de su casa. Lo único que tenía claro era ir al depósito de Don Pepe.

Le tomo unos minutos caminar hasta el establecimiento de Don Pepe, se encontraba a tan solo dos cuadras de su casa. Justo al entrar, la puerta del lugar accionó unas campanillas que ayudaban a Don Pepe a detectar la llegada de algún cliente. Este se encontraba detrás del mostrador y al no tener clientes se dirigió a Lidia:

–Hola Lidia. ¿Qué te trae por aquí?

–Vale. Fue la respuesta casi intuitiva de Lidia.

Don Pepe se quedó mirando fijamente a Lidia, esta asintió y don Pepe se sentó en su lugar, sus movimientos eran relajados. Lidia se acercó al mostrador y saco la novela que había traído de su casa y la colocó frente a Don Pepe. Éste de manera automática la tomo en sus manos, la abrió y comenzó a leerla. Lidia dejo de prestar atención en el hombre, se dirigió a la caja de donde saco el dinero para después guardarlo en su bolsa. Antes de salir, pudo escuchar que el teléfono del depósito sonaba.

Ya de regreso en su casa, Lidia fue a su cuarto y dentro del closet volvió a sacar la caja de zapatos donde depositó el dinero que había tomado. Después se dirigió a la sala donde prendió la televisión y empezó a observar las noticias. Momentos después sonó el auricular, el cual contestó.

–Hola Princesa. – saludaba la voz.

–Hola Mi amor. – replicó Lidia.

–¿Cómo ha estado tu día? – preguntaba su esposo.

–Pues la verdad nada extraordinario. Lo mismo de siempre, recoger la casa, hacer de comer, ver la televisión. He estado pensando cosas para la novela…

–Suena bastante interesante, ya en un rato más llego y me cuentas. ¿Y Carlos? ¿Ya llegó?

–No ha llegado, espero que ya no tarde.

–Bueno ahorita llego. Nos vemos.

Lidia colgó y siguió viendo la televisión. Al poco tiempo llego su hijo Carlos y como era su costumbre se dirigió y encerró en su cuarto. Ya tenía meses con la misma rutina, Lidia apoyaba tal comportamiento ya que su hijo le había confesado su afición por la escritura y estaba escribiendo su primera novela. Solamente se le volvía a ver cuando bajaba a cenar. Lidia continuo observando las noticias cuando de pronto pudo ver que las cámaras tomaban el depósito de Don Pepe.

Don Pepe aparecía consternado, contaba que no se explicaba como lo habían podido robar por tercera vez en lo que iba del mes sin darse cuenta. Lidia recordó que apenas hacia dos semanas Don Pepe había aparecido en el noticiero narrando que lo habían robado. Desde entonces se había decidido en la casa no ir al depósito del señor.

Fue en ese momento que Rogelio su esposo llego a la casa, como era su costumbre daba dos toques fuertes a la puerta y entraba. Lidia lo recibió en el vestíbulo. Para su sorpresa Rogelio tenía una de sus novelas en las manos.

–Mira lo que me encontré en el carro. – Expuso Rogelio.

–Orales, juraría que la tenía guardada en el closet. –Confeso Lidia.

–Lidia, creo que es como la tercera vez en el mes que la dejas olvidada en el carro, creo que ya te estás haciendo viejita. – dijo burlonamente Rogelio

–Que chistosito. Pero gracias, sabes que es mi favorita. -Repuso Lidia. – Voy y la guardo y después te caliento la cena – agregó

Lidia fue a su cuarto, abrió el closet y tomo la caja de zapatos. Al abrirla la encontró vacía y ahí guardo su novela. Después se dirigió a la cocina donde prosiguió a calentar la cena para su esposo e hijo. Al terminar los llamo para que bajaran a comer.

En su cuarto, Carlos contaba el dinero que había sacado de la caja de zapatos de su madre. Eran cuatro mil pesos, se sintió orgulloso de su progreso. Había visto a su madre hacérselo accidentalmente a Don Pepe y justo en ese momento supo que él también lo podía hacer. Empezó con Don Pepe, después su madre y ahora su padre. Y aun así apenas sentía que comenzaba. Antes de bajar por la cena, se miró en el espejo y repitió la palabra que más utilizaba: Vale.

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