Un pueblo llamado Treinta
Tenía algunos días leyendo la novela, su narración lo había
cautivado casi de inmediato. Aunque recordó que el interés que llegaba casi a
la obsesión había surgido en la feria del libro. Como todos los Octubres, había
asistido con la intención de explorar las diversas editoriales, en la búsqueda
de algún clásico, de alguna buena oferta y por ahí si era afortunado, de
descubrir un libro que lo mantuviera entretenido por días. Lo que le pareció
interesante fue aquella peculiar condición que le imponían para comprar el
libro: su propio nombre sería la palabra con la que finalizaría la obra.
Enrique Garza, un amante de la lectura, sentía que hoy finalmente resolvería el
misterio, pues estaba a pocas páginas de terminar el escrito. Se sentó en un
pequeño sillón de color café que descansaba al lado de su cama y reinició la
lectura.
La ceremonia recién comenzaba, Número treinta sentaba a la cabecera de la gran
mesa como lo dictaba la tradición y costumbre del pueblo. La mesa estaba poblada
por el resto de los habitantes, a su izquierda veintinueve, veintisiete,
veinticinco, veintitrés, veintiuno, diecinueve, diecisiete, quince, trece,
once, nueve, siete, cinco y tres; a la derecha veintiocho, veintiséis,
veinticuatro, veintidós, veinte, dieciocho, dieciséis, catorce, doce, diez,
ocho, seis, cuatro y dos. Frente a él más alejado estaba uno. Justo detrás de
la mesa y a escasos pasos de treinta se encontraba la puerta azul. Ésta tan
solo contaba con un marco blanco y estaba justo en medio del salón donde se
sostenía la celebración. De entre los espacios que se formaban entre la puerta
y el marco se podían percibir tenues rayos de luz. Treinta levantó su copa y
brindó con sus camaradas.
- Hermanos y Hermanas, después de diez mil puestas de sol nos volvemos a
encontrar reunidos en la gran mesa. Y estamos a escasos momentos de volver a
escribir en el libro. – Dijo treinta
- Bravo. – Exclamo veintisiete.
- En hora buena. – complemento veintinueve mientras estrechaba la mano de
treinta.
- Bravo.- volvían a festejar once, catorce, veintidós, veintitrés y dos.
A tan solo dos hojas de terminar la historia, Enrique tomó un descanso. No
acostumbraba interrumpir su lectura, pero en esta ocasión capturaba su atención
el festejo que provenía de la casa vecina. Por la ventana podía observar que
varias personas se encontraban reunidas y festejaban. Seguramente un
cumpleaños, aunque tenía dos años viviendo en aquella colonia, no tenía la
costumbre de socializar con las personas. Se refugiaba en sus lecturas y pocas
veces se relacionaba con las personas. Volvió al sillón y continuó.
Treinta extendió su brazo izquierdo, justo en su muñeca descansaba un brazalete
color azul que revelaba el número treinta. Sus demás compañeros imitaron su
mímica y revelaron a su vez brazaletes que portaban sus nombres. Seguido a
esto, treinta dirigió su muñeca justo frente a los rayos de luz que provenían
de la puerta azul. Una vez que estos tocaron el objeto, éste se desprendió de
su portador. Luego el hombre colocó la joya en la muñeca de veintinueve
haciendo que éste fuera treinta, después veintiocho fue veintinueve;
veintisiete fue veintiocho…
Enrique sintió un apretón en su muñeca izquierda, después se encontró frente a
la gran mesa. Alcanzó a ver como la puerta azul se cerraba frente a él y los
demás. Observó que en su muñeca descansaba un brazalete de color azul que
reflejaba nítidamente el número uno.
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