Primer Jugo Gástrico

Un pueblo llamado Treinta

Tenía algunos días leyendo la novela, su narración lo había
cautivado casi de inmediato. Aunque recordó que el interés que llegaba casi a
la obsesión había surgido en la feria del libro. Como todos los Octubres, había
asistido con la intención de explorar las diversas editoriales, en la búsqueda
de algún clásico, de alguna buena oferta y por ahí si era afortunado, de
descubrir un libro que lo mantuviera entretenido por días. Lo que le pareció
interesante fue aquella peculiar condición que le imponían para comprar el
libro: su propio nombre sería la palabra con la que finalizaría la obra.
Enrique Garza, un amante de la lectura, sentía que hoy finalmente resolvería el
misterio, pues estaba a pocas páginas de terminar el escrito. Se sentó en un
pequeño sillón de color café que descansaba al lado de su cama y reinició la
lectura.

La ceremonia recién comenzaba, Número treinta sentaba a la cabecera de la gran
mesa como lo dictaba la tradición y costumbre del pueblo. La mesa estaba poblada
por el resto de los habitantes, a su izquierda veintinueve, veintisiete,
veinticinco, veintitrés, veintiuno, diecinueve, diecisiete, quince, trece,
once, nueve, siete, cinco y tres; a la derecha veintiocho, veintiséis,
veinticuatro, veintidós, veinte, dieciocho, dieciséis, catorce, doce, diez,
ocho, seis, cuatro y dos. Frente a él más alejado estaba uno. Justo detrás de
la mesa y a escasos pasos de treinta se encontraba la puerta azul. Ésta tan
solo contaba con un marco blanco y estaba justo en medio del salón donde se
sostenía la celebración. De entre los espacios que se formaban entre la puerta
y el marco se podían percibir tenues rayos de luz. Treinta levantó su copa y
brindó con sus camaradas.

– Hermanos y Hermanas, después de diez mil puestas de sol nos volvemos a
encontrar reunidos en la gran mesa. Y estamos a escasos momentos de volver a
escribir en el libro. – Dijo treinta

– Bravo. – Exclamo veintisiete.

– En hora buena. – complemento veintinueve mientras estrechaba la mano de
treinta.

– Bravo.- volvían a festejar once, catorce, veintidós, veintitrés y dos.

A tan solo dos hojas de terminar la historia, Enrique tomó un descanso. No
acostumbraba interrumpir su lectura, pero en esta ocasión capturaba su atención
el festejo que provenía de la casa vecina. Por la ventana podía observar que
varias personas se encontraban reunidas y festejaban. Seguramente un
cumpleaños, aunque tenía dos años viviendo en aquella colonia, no tenía la
costumbre de socializar con las personas. Se refugiaba en sus lecturas y pocas
veces se relacionaba con las personas. Volvió al sillón y continuó.

Treinta extendió su brazo izquierdo, justo en su muñeca descansaba un brazalete
color azul que revelaba el número treinta. Sus demás compañeros imitaron su
mímica y revelaron a su vez brazaletes que portaban sus nombres. Seguido a
esto, treinta dirigió su muñeca justo frente a los rayos de luz que provenían
de la puerta azul. Una vez que estos tocaron el objeto, éste se desprendió de
su portador. Luego el hombre colocó la joya en la muñeca de veintinueve
haciendo que éste fuera treinta, después veintiocho fue veintinueve;
veintisiete fue veintiocho…

Enrique sintió un apretón en su muñeca izquierda, después se encontró frente a
la gran mesa. Alcanzó a ver como la puerta azul se cerraba frente a él y los
demás. Observó que en su muñeca descansaba un brazalete de color azul que
reflejaba nítidamente el número uno.

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tercera Diarrea :: Ese lindo gatito

El ruido que provenía desde afuera capturó la atención de Lidia. Se encontraba en la sala, justo frente a la puerta corrediza que comunicaba con el jardín. Parecía que el asador que tenían afuera se había caído al suelo. Movió la persiana que cubría la puerta corrediza para poder observar el jardín, ahí justo al lado del asador pudo ver a un gato negro. Nunca lo había visto antes, el invasor parecía sentirse cómodo pues se mantenía sentado justo al lado del asador.
Lidia tuvo una sensación de repudio, cuando era niña solía visitar la casa de sus abuelos maternos los domingos. En cierta ocasión, persiguió a Rocco, un gato negro que tenía de mascota su tía Matilde, hasta la cocina. El gato logró meterse debajo de un mueble huyendo de la niña. Sin embargo, Lidia no desistió y metió la mano debajo del mueble para capturar al animal. Grande fue su sorpresa al recibir un arañazo como respuesta, comenzó a llorar en lo que el gato huía por la puerta trasera.
La puerta corrediza se abrió dando acceso a Lidia al jardín, el gato reaccionó ante la presencia de la mujer y corrió hacia el árbol que conectaba con la casa de los Ramírez y lo escaló para desaparecer. Esto hizo sentir aliviada a Lidia, no soportaba a los gatos, en especial a los de color negro. Se dio la media vuelta para encontrarse con que un hombre le bloqueaba la entrada a su casa.
El hombre le apuntaba con un revolver. La miraba fijamente, esbozó una sonrisa y con un ademán saludó a la señora.
– Ese lindo gatito me facilitó las cosas. No te preocupes, si cooperas todo saldrá bien. – Comenzó el hombre.
– ¿Qué es lo que quieres? – Contestó Lidia
– Solamente el dinero y las joyas, no te hagas ilusiones que no eres mi tipo. – Agregó el agresor
– Está bien, solo ten calma y no cometas una locura.
– Ha esto me dedico comadre, no tardare más que unos minutos y me iré. Así que no me hagas perder mi tiempo y cooperando, ándale muévete y al dinero.
– Si, si tranquilo… déjame pasar y te lo doy todo.
El hombre le abrió el paso y Lidia pudo caminar hacia dentro de la casa, el hombre mantenía una pequeña distancia entre él y la mujer. La seguía con cautela mientras analizaba el interior de la casa. Pudo observar con claridad una foto de un hombre en uniforme de policía, enmarcada en la pared frente a él. El hombre abrazaba a la señora a la que tenía sometida.
– Así que estoy robando la casa de un hombre de la ley. Jajaja! hijos de la chingada, han de tener centenarios escondidos pinches corruptos. – Quebró el silencio el agresor
– Calmese! Le daré todo lo que tengo de valor, pero calmese por favor. – Replicó Lidia.
– Sera mejor que te apresures cabrona, no quiero encontrarme a tu caballero por aquí queriéndose hacer el héroe. Y no te me despegues, no vaya ser que tu marido te haya enseñado alguna que otra técnica de autodefensa. – Advirtió el hombre en tono sarcástico.
Lidia lo llevo hasta la recamara principal que se encontraba en el segundo piso. El hombre seguía manteniendo una distancia pequeña entre él y la mujer. Lidia empezó a sacar joyas de un buró que se encontraba a un lado de la cama. El hombre lanzo una mochila en la cama.
– Guarda todo en la mochila comadre, ya casi terminamos, ya casi terminamos…
Lidia obedecía con atención las peticiones del hombre, colocaba las joyas dentro de la mochila, regresaba a los cajones y seguía sacando lo que encontrara de valor para volver a la mochila. Volteó de reojo para ver que el hombre le seguía apuntando con el revólver y mantenía una corta distancia entre su víctima.
Miiiau! – Fue el chillido que se escuchó detrás del hombre.
Lidia alcanzo a ver la escena casi como en cámara lenta. Aquel gato negro del jardín se encontraba justo en la entrada de la recamara y maullaba. El agresor ya no apuntaba el revólver a su víctima, el gato lo había distraído y el hombre lo miraba desconcertado. En un acto mecánico Lidia corrió hacia el agresor, justo en el momento en que éste regresaba su atención a ella, las uñas de la mujer arañaban su rostro. El revólver cayó al suelo justo en el momento que Lidia lograba golpear al hombre en la ingle para después empujarlo al suelo. Recogió el revólver. El entrenamiento que había recibido en la academia le había hecho aprovechar el único titubeo de su agresor.
El hombre se quejaba en el suelo, la mujer le apuntaba con el revólver. Esperó unos segundos a que se repusiera de los golpes que le había propiciado. Después, la mirada del hombre se encontró con la de la mujer, su semblante era diferente. La mujer sumisa a la que había sometido en el jardín, conducido hacia dentro de la casa y comandado a que llenara su mochila de joyas y dinero ahora parecía otra persona.
– Ese lindo gatito me facilito las cosas. – Comentó la mujer.
Fueron las últimas palabras que escuchó el agresor. Después escuchó un estallido seguido de una punzada en el pecho y al final oscuridad.
La puerta principal se abrió para dar paso a Rogelio, esta semana le tocaba dar clases de autodefensa personal en la academia. Como de costumbre Carlos escuchaba música en su cuarto, nada fuera de lo normal. Observó que Lidia se encontraba en la sala, frente al televisor viendo noticias.
– Hola Princesa. ¿Cómo estuvo tu día? – Cuestionó Rogelio
– Hola Amor. Fijate que hoy Salí un poco de la rutina. – Repusó Lidia.
– En serio, haber dime a que te dedicaste. – Indagó el marido.
– Escribí un cuento. – Confesó la mujer.
– Wow, que interesante, ¿Cuál es el título?
– Ese lindo gatito.

segunda Diarrea :: Lidia Castaño

Era la palabra que retumbaba en los oídos de Lidia. La voz le resulto algo familiar, pero curiosamente no le interesaba saber a quién pertenecía. Colgó el auricular casi de manera mecánica. Fue a su cuarto, dentro del closet encontró una caja de zapatos y dentro de ella extrajo un pequeño libro. Era la segunda novela que había escrito. Guardo el libro en su bolsa y salió de su casa. Lo único que tenía claro era ir al depósito de Don Pepe.

Le tomo unos minutos caminar hasta el establecimiento de Don Pepe, se encontraba a tan solo dos cuadras de su casa. Justo al entrar, la puerta del lugar accionó unas campanillas que ayudaban a Don Pepe a detectar la llegada de algún cliente. Este se encontraba detrás del mostrador y al no tener clientes se dirigió a Lidia:

–Hola Lidia. ¿Qué te trae por aquí?

–Vale. Fue la respuesta casi intuitiva de Lidia.

Don Pepe se quedó mirando fijamente a Lidia, esta asintió y don Pepe se sentó en su lugar, sus movimientos eran relajados. Lidia se acercó al mostrador y saco la novela que había traído de su casa y la colocó frente a Don Pepe. Éste de manera automática la tomo en sus manos, la abrió y comenzó a leerla. Lidia dejo de prestar atención en el hombre, se dirigió a la caja de donde saco el dinero para después guardarlo en su bolsa. Antes de salir, pudo escuchar que el teléfono del depósito sonaba.

Ya de regreso en su casa, Lidia fue a su cuarto y dentro del closet volvió a sacar la caja de zapatos donde depositó el dinero que había tomado. Después se dirigió a la sala donde prendió la televisión y empezó a observar las noticias. Momentos después sonó el auricular, el cual contestó.

–Hola Princesa. – saludaba la voz.

–Hola Mi amor. – replicó Lidia.

–¿Cómo ha estado tu día? – preguntaba su esposo.

–Pues la verdad nada extraordinario. Lo mismo de siempre, recoger la casa, hacer de comer, ver la televisión. He estado pensando cosas para la novela…

–Suena bastante interesante, ya en un rato más llego y me cuentas. ¿Y Carlos? ¿Ya llegó?

–No ha llegado, espero que ya no tarde.

–Bueno ahorita llego. Nos vemos.

Lidia colgó y siguió viendo la televisión. Al poco tiempo llego su hijo Carlos y como era su costumbre se dirigió y encerró en su cuarto. Ya tenía meses con la misma rutina, Lidia apoyaba tal comportamiento ya que su hijo le había confesado su afición por la escritura y estaba escribiendo su primera novela. Solamente se le volvía a ver cuando bajaba a cenar. Lidia continuo observando las noticias cuando de pronto pudo ver que las cámaras tomaban el depósito de Don Pepe.

Don Pepe aparecía consternado, contaba que no se explicaba como lo habían podido robar por tercera vez en lo que iba del mes sin darse cuenta. Lidia recordó que apenas hacia dos semanas Don Pepe había aparecido en el noticiero narrando que lo habían robado. Desde entonces se había decidido en la casa no ir al depósito del señor.

Fue en ese momento que Rogelio su esposo llego a la casa, como era su costumbre daba dos toques fuertes a la puerta y entraba. Lidia lo recibió en el vestíbulo. Para su sorpresa Rogelio tenía una de sus novelas en las manos.

–Mira lo que me encontré en el carro. – Expuso Rogelio.

–Orales, juraría que la tenía guardada en el closet. –Confeso Lidia.

–Lidia, creo que es como la tercera vez en el mes que la dejas olvidada en el carro, creo que ya te estás haciendo viejita. – dijo burlonamente Rogelio

–Que chistosito. Pero gracias, sabes que es mi favorita. -Repuso Lidia. – Voy y la guardo y después te caliento la cena – agregó

Lidia fue a su cuarto, abrió el closet y tomo la caja de zapatos. Al abrirla la encontró vacía y ahí guardo su novela. Después se dirigió a la cocina donde prosiguió a calentar la cena para su esposo e hijo. Al terminar los llamo para que bajaran a comer.

En su cuarto, Carlos contaba el dinero que había sacado de la caja de zapatos de su madre. Eran cuatro mil pesos, se sintió orgulloso de su progreso. Había visto a su madre hacérselo accidentalmente a Don Pepe y justo en ese momento supo que él también lo podía hacer. Empezó con Don Pepe, después su madre y ahora su padre. Y aun así apenas sentía que comenzaba. Antes de bajar por la cena, se miró en el espejo y repitió la palabra que más utilizaba: Vale.

segunda Diarrea :: Ana

Ana se despertó sobresaltada, el cielo se caía en pedazos, truenos y relámpagos lo azotaban y estremecían las ventana, sudorosa y temblando se dio el parón, luego recapacitó en que había tenido una pesadilla. Los recuerdos la fustigaban una y otra vez. Extrañaba a Sandra, se habían hecho amigas inmediatamente después que Sergio se la presentó, salían de compras juntas, paseaba, reían y estrechaban lazos diariamente, por eso se culpaba de haberle hecho daño, haberle engañado y haberse metido nuevamente con Sergio. Recordaba a Sergio y lo extrañaba, siempre fueron unidos y desde que empezaron  a tener sexo había un lazo más que los unía, aún y que se culpaba por ser tan débil, extrañaba los brazos fuertes, los besos llenos de pasión y la manera en que Sergio la tomaba, era como si el mismo cielo que ahora se rompía, en aquellos momentos se abría ante ella  y le mostraba el paraíso.
Pensaba en todo ello mientras veía por la ventana, se dirigió luego a la cocina, calentó un poco de leche y pasó las siguientes horas viendo cómo caía la lluvia.

–    ¡Ana despierta¡ Estás aletargada hoy, ¿qué te sucede?
No le dio tiempo de responder a Ana y su jefe continuo diciéndole: “necesito que atiendas inmediatamente al Sr. Múgica, está pidiendo tu asesoría, de qué si es o no buen momento para invertir,  atiéndele como es debido y no lo pierdas”, le encomió Esteban.

–    Ya lo sé Esteban, ¿cuándo hemos perdido un cliente? Me hablas como si fuera una novata, pásame la llamada por favor.
–    Si Sr. Múgica, si es buen momento para invertir, le puedo ofrecer 6.7%, usted dígame si es buena oferta.
A pesar de tener una maraña de pensamientos, Ana  en lo laboral era toda una profesional aguerrida y conocía perfectamente el mercado bursátil; por algo muchos de los clientes preferían sus conocimientos y los había hecho crecer económicamente
Paso el día sin tanto aspaviento, casi no había comido, así que llegó al Kotto a comprar sushi, cenó sola, el silencio de la casa le estallaba en la cara y casi podía ver alrededor de la vela, que había encendido, cuando Sandra entró y los encontró gozando, bañados de sudor y gimiendo.
Asqueada por los recuerdos fue y vomitó lo poco que había comido.
Preparó la tina, puso velas y empezó a desnudarse, fue por su copa de vino que había dejado en el comedor y empezó a llorar quedamente. Su pelo suelto cubría parte de sus senos y la luz de las velas daba un toque especial a su escultural cuerpo. Las lágrimas resbalaban por su cara aún maquillada; se metió en la tina y cerró sus ojos, el agua tibia y el vino dulce la relajaron y empezó a sentir una turbación en su interior, empezó a lavar su cuerpo con parsimonia, tocaba sus senos y se erizaban, lavaba sus muslos y sentía un rico estremecimiento, poco a poco redescubría su sexo que fue despertando como de un largo letargo. Largamente acarició su cuerpo, la imagen de Sergio en la cama la seguían una y otra vez, sus ojos cerrados guardaban toda su musculatura, toda su hombría, su sexo febril que la empujaba y llenaba una y otra vez, sus palabras sucias que resonaban en sus oídos, ante tales escenas se fue entregando para después estallar fuertemente como las veces que estaba con él.
Se quedó dormida en aquel pequeño lugar, con sus manos cubriendo sus senos antes erizados. Despertó después solo para ir a caer directamente en su cama.

Los meses iban pasando, su vida no era más que una rutina entre el trabajo, la maestría, y ahora hasta las manifestaciones de los tapados se habían vuelto parte de su vida, un par de veces quedó ante esa marabunta de gente que se atrevía a exigir que sacaran a los soldados del país. Pensaba  viendo a las madres con sus niños pequeños que como era posible que se prestaran a tal juego, que arriesgaran lo más preciado que tienen los padres, que expusieran a sus niños que no tenían ninguna culpa, salvo tener esas madres.

Una y otra vez Ana se repetía  que no podía seguir así, que tenía que darle vuelta a la página, cerrar el círculo y continuar. Que Sandra y Sergio estaban ya en un pasado lejano, que salvo un milagro las cosas podían ser como antes.

Armándose de ánimo, se inscribió en el Super Fitness, empezó a asistir por las mañanas, antes de irse a trabajar, aún y la desmañanada los ejercicios despejaban su mente y la hacían trabajar con mas ahínco y no sentía tanto el estrés ante la volatilidad del dólar, que estaba como su vida, con una inestabilidad total.

Se fue haciendo de nuevas amistades que la distraían y le traían aventuras nuevas. Ya había notado que Patricio, un chico que la seguía siempre con la mirada, y que cuando se ponía a platicar con algunos chicos el se unía.

–     Buenos días Patricio, ¿listo para empezar?

–    Si, Ana, empecemos a trabajar los músculos.

–    ¿Qué harás mañana?

–    No sé Patricio, ¿tienes algo en mente?

–    No te gustaría que fuéramos por el Barrio Antiguo a algún antro, sin nada planeado, voy a tu casa por ti, y vamos, si alguno nos late entramos y si no podemos caminar.

–    Me parece bien, ¿a las 9?

–    Si, ¿qué dirección es?

Ana se sintió motivada, había pasado ya mucho tiempo sin salir a divertirse, se decidió a pasársela bien, aunque el chico fuera uno más del montón, no se crearía falsas expectativas y sólo disfrutaría el momento.

Se llegó el sábado y puntualmente llegó Patricio, tocó el timbre y al abrir Ana, la vio más hermosa que cuando la veía con sus entallados pantalones de jogging.
Pasearon por ahí y llegaron al Barrio.

–    ¿Entramos a éste?

–    ¿Lo conoces?

–    No, ¿y tú?

–    Tampoco.

–    Vamos.

Encontraron una mesita y empezaron a pedir cervezas, llegó la botana y la música ya estaba en pleno. Se pararon y empezaron a bailar “con todos menos contigo”… Ana se sentía feliz, las chelas empezaban a hacerle burbujas en la cabeza, disfrutaba y reía. Siguieron con música de banda, con pop; Patricio se movía cadenciosamente y atraía para si a Ana quien como una hoja que lleva el viento, se pegaba y separaba de él, le acariciaba el dorso, y el aprovechaba para tocar casi imperceptiblemente sus nalgas.

–    Voy al baño, le dijo ella.

–    Ok, te espero.

Ana hizo una fila enorme, cuando por fin entro al bañó, alguien empujó la puerta y cerró intempestivamente…

–    ¡¿Qué haces aquí?!

–    Ya no aguanto Ana, me encantas, quiero hacértelo aquí.

La apretó fuertemente y empezó a besarla frenéticamente, notaba el miembro de Patricio eréctil, jadeaba y aunque se resistía, gozaba.
Patricio de un tirón le arrancó la tanga que cayó en el suelo, la cargó y la llevó contra la pared del baño, la penetró y beso enloquecidamente, una y otra vez salía de su cuerpo. Afuera la música sonaba ruidosamente y los pasos de mujeres que entraban y salían del baño se unían a la vez a los jadeos, se dejaron ir a la par, escuchando en sus oídos “ojala que te mueras que todos”…

–    Patricio te volviste loco, pero fue maravilloso que lo hicieras.

–    Ya no podía más Ana, perdóname si fui brusco.

–    No, estuvo perfecto, no te preocupes, me gusta así, que se imprima un poco de fuerza.

–    Sírveme otras dos Tecate Light.

Continuaron tomando y bailando pegados los cuerpos. De entre la multitud se acercó un tipo mal encarado, alto, robusto, diciéndole al oído a Patricio.

–    Vale $50 pesos, ¿va?

–    ¿Qué es?

–    Lo mejor, cristal, ¿va? Ya son las últimas, las quieres o no, te garantizo que tendrás la mejor noche de tu vida y junto a esa chiquita, ¡uf! De mi te acordarás mañana.

–    Dámela.

Compró tres bolsitas y se las metió en el pantalón.

–    Compraste cosas Patricio, ¿eh?

–    Si, ¿a poco no se te antoja?

–    Jamás me he metido de eso Patricio, puedo ser una mentirosa, pero una yonki no.

–    ¡Ya! que con una vez que lo hagas no te harás yonki.

–    Mhmh… no sé.

Se sentaron un poco y luego le dijo Patricio que iría al baño, cuando regresó, lo notó distinto, sus pupilas dilatadas, caminaba como flotando, llegó y la besó, y la empezó a acariciar ahí ante el barullo del antro.

Le dio un pase a Ana, el resto de la gente no se dio cuenta de nada y si alguien se percató, lo tomó como una cosa más.

Partieron poco antes de las 6 de la mañana, fueron a casa de Ana, casi si iban desvistiendo desde que se bajaron del carro, ambos reían y cantaban “para que te quedes, para que te quedes conmigo”, Ana estaba extasiada, brincoteando desnuda en su cama, Patricio la veía y rompía en carcajadas… de repente le agarró un pie y la jaló.

–    ¡Ven!

Ana se sentó frente a él y empezó a acariciarle su miembro que inmediatamente se volvió duro y empezó a hacerle sexo oral, le apretaba las pompas y le marcaba sus uñas en ellas, él gozaba y gemía, le acariciaba la cabeza y jalaba el pelo, se dejo ir, después en su boca.

Después de volverlo a hacer, cayeron como piedras en la cama.

Amaneció, el domingo radiaba y cerca de mediodía Ana despertó.

–    ¿Sigues aquí?

–    ¿Qué, qué?

–    Patricio, levántate y vete. Vete ya, quiero estar sola.

–    Pero, ¿qué te pasa? Hemos tenido la mejor noche, y el sexo ha sido buenísimo.

–    Si. Por favor vete. Otro día hablamos

Patricio se fue desconcertado, Ana le gustaba mucho, no quería perderla. Lo de la droga había sido sólo un desliz, él no era un drogadicto, quería que las cosas con Ana fueran avanzando.

Sin embargo, Ana, no pensaba igual, otra vez, empezó a sentirse culpable por haberse dejado llevar, por permitirle a Patricio llegar tan lejos y por haberse metido esa cochinada.

“No puedo hacer nada bien, soy una estúpida, una imbécil, ¿por qué si soy toda una fregonada profesionalmente no puede ser así mi vida personal? ¿Por qué permito que cualquier hombre me posea? ¿Por qué soy tan débil? Mi vida es todo un caos desde hace 6 meses, no logro despojarme de este sentimiento de culpa que me abruma”.

La cabeza de Ana estallaba de dolor, de culpa, de sentimientos encontrados hacia Patricio.

Mientras tanto el día avanzaba sigilosamente y Patricio en su casa repasaba en su mente lo que había pasado y aún sentía el cálido cuerpo de Ana en sus brazos.

primera Diarrea :: Jaque Mate

La vida es como un juego de ajedrez. Somos piezas movidas –la mayoría de las ocasiones– por circunstancias que no somos capaces de prever. Algunos creen tener el control de sus vidas, piensan que son libres, pero el control y la libertad es tan solo una ilusión. Existen los que son artífices de su propia existencia, los que están rodeados de peones dispuestos a todo. Todos vivimos en una zona de confort que abarca tan solo una parte de sesenta y cuatro; todos nos movemos cuando alguien más nos obliga a hacerlo.

Sergio toma su teléfono celular al recibir una alerta de mensaje, se percata del remitente y con suma atención lo lee…

SMS: Peón 4R. Va, una nueva partida, espero que ahora tengas algo mejor que mostrarme; en el juego anterior, aunque ganador, te sentí muy débil. Estoy algo ansioso, algo me sucedió hoy por la mañana, luego te cuento.

… Mientras sonríe, murmura para sí mismo.

–Este güey piensa que soy débil, ¡está pero que si bien pendejo, ja-ja!

–¿Te mandaron un mensaje?, te pusiste muy alegre, ¿quién era? –cuestionó Alondra a Sergio– ¿era tu novia?

–Claro que no, Sandra no me llama cuando estoy “trabajando” –contestó Sergio–. Era Alexander, para pasarme el movimiento inicial de la nueva partida de ajedrez.

–Alexander, tanto me has hablado de él que ya hasta me cae bien el canadiense. Pero entonces estás “trabajando”, ¿eh?, ¿tan solo eso soy para ti, un “trabajo”? –volvió Alondra a cuestionar, mientras se dibujaba una sonrisa picara en su rostro– ¿te cuesto mucho trabajo acaso?

–Pues en ocasiones te pones muy mamona. Aunque, no sé, no creo que me cueste mucho trabajo llevarte a mi departamento ahora mismo.

Sergio da la señal al mesero para que traiga la cuenta. Están en el restaurante de costumbre, en donde nadie los conoce; una zona neutral en la cual no pueden herir los sentimientos de nadie, pues es lo último que buscan.

–Si me das un beso, te digo si te va a costar trabajo o no –acercó, Alondra, sus labios a los de Sergio; Sergio besó la comisura de su boca y se deslizó luego hasta el cuello, aplicando un ligero mordisco–

–Tú decides, ¿quieres que esta boca termine su recorrido o así lo dejamos? –sugirió Sergio, mientras con una mano rozaba disimuladamente uno de los pechos de Alondra–

El departamento, asentado en un viejo edificio de oficinas que ya no se usa para tales fines, no es más que un área abierta sostenida por columnas, no hay paredes; los muebles crean esas divisiones imaginarias entre la sala y un comedor, entre el estudio y la recámara; de concepto minimalista, el orden es estratégico; no parece un hogar, no, da más bien la impresión de un centro de operaciones; es un espacio para el confort, para el descanso, un lugar orientado al trabajo, al entretenimiento y, por las noches, destinado al placer, al sexo y a la pasión. Es todo como un puzzle, un rompecabezas bien armado, un departamento muy sui generis.

Alondra pasa por delante de Sergio, ella es quien enciende las luces y va directamente al bar. Observa una botella de ron, pero prefiere tomar un par de cervezas del refrigerador. Se dirige hacía la sala, con un caminar lento e insinuante, coloca las cervezas en la mesa, levanta la mirada hacía donde Sergio, quien aún se encontraba parado en la entrada del departamento. Uno a uno los botones del vestido, que lleva puesto Alondra, abandonan el ojal del que están sujetos; el vestido cae al piso, aún en contra de la fricción generada por las sinuosas caderas de Alondra. No lleva ropa interior, hay que ir acorde con la temática del lugar.

Sergio se acerca para tomarla. Al abrazarla, ambos se funden en un beso que comienza tierno y termina fogoso, lleno de morbo y de ganas de coger en ese preciso momento. Pero él se toma las cosas con calma, de reojo observa un tablero de ajedrez en el estudio, va hacía el tablero y coloca la jugada de Alexander:

Peón 4R

Y en seguida la de él:

Peón 4R

Redacta un mensaje:

SMS: Peón 4R.Te demostraré quién le gana a quién. Qué es lo que te mantiene ansioso o quién, ¿alguna chica acaso?

–¡Me dejas por una partida de ajedrez! –dijo Alondra– o ¿es que el Rey no quiere hacer el amor con la Reina?

Dos vidas entrelazadas, una noche, una oportunidad. Alondra es del tipo de mujer que le da sentido a la frase “hacer el amor”, pero una noche es tan poca cuando Sergio está con ella, cada minuto vale la pena.

Suena el teléfono celular, Sergio se despierta, solo, Alondra se ha ido, así es siempre. Se levanta para contestar.

–Hola –contesta Sergio–, ¿cómo estás amor?

–Hola chiquito –responde Sandra– ¿terminaste el trabajo que tenías pendiente?, ¡has de estar cansado por trabajar toda la noche, mi vida!

–Si, estoy algo cansado de lo mismo, a veces creo que no vale la pena.

–¡Claro que vale la pena amor!, si el proyecto funciona te va a ir muy bien. ¿Si quieres te ayudo a que te relajes, tú ya sabes cómo?

–Paso a tu casa –dijo Sergio–, tengo ganas de ir a al cine, ¿te parece?

–¡Te espero chiquito! –contestó Sandra– ¡besos, te amo!

Sergio camina hacía el bar, se prepara un jugo de naranja; el teléfono celular vuelve a sonar, es alarma de mensaje, lo toma y lo lee:

SMS: Caballo 3AR. Algo así, además dejé la maestría. En este momento no sé qué es lo que quiero.

–Este bato y sus pedos existenciales –murmuró Sergio–, deja le contesto al cabrón.

Sergio se dirige hacía su tablero de ajedrez y hace el movimiento de Alexander y el suyo próximo. Redacta un mensaje:

SMS: Peón 3D. ¿Qué piensas hacer?, no me salgas con la mamada de que tus pedos son por algún lío de faldas.

Inmediatamente respondió Alexander:

SMS: Alfil 4A. Es un viejo amor que creí haber superado.

Sergio, quien aún se encontraba sentado junto al tablero, continuó la jugada:

SMS: Alfil 5C. Si es un viejo amor, por algo no funcionó, seguro no vale la pena.

Se levantó para echarse un baño. Rápido se preparó para salir por Sandra. En camino recibe de nuevo un mensaje de Alexander:

SMS: Caballo 3A. No funcionó y tal vez no funcione jamás, pero eso no significa que no valga la pena.

–¿Ahora qué le pasa a este bato? –dijo Sergio para sí–, nada que un bueno culo no pueda arreglar, una vez que se encuentre a otra vieja se va a olvidar de todo.

Sandra y otra chica esperaban en el jardín de su casa cuando Sergio llegó.

–Hola chiquito –dijo Sandra– ¡te extrañé anoche!

–Hola amor –respondió Sergio, a la vez que le daba un beso– sabes que el trabajo a veces es muy pesado. ¡Hola Ana! –dijo Sergio a la chica que se encontraba con Sandra– ¿qué pedo contigo?

–Nada primo –dijo Ana–, aquí nada más visitando a las estrellas. Oye, y Ya no trabajes tanto, no se te vayan a secar los “sesos” y después pierdas la pasión por lo que haces.

–Para nada prima –dijo Sergio–, lo tengo todo bajo control. Entonces ¿qué, nos vamos?, ¿por qué supongo que Ana va de mal tercio?

–No, para nada –dijo Ana–, yo ya me iba. Tan solo vine a hacerle compañía a Sandra porque estaba triste –Sandra hace una seña disimulada a Ana para que no revele detalles–

–No digas eso Ana –repuso Sandra–, ven con nosotros, nunca has hecho mal tercio. Además Sergio y tú siempre se han llevado bien y seguro Sergio solo está bromeando.

–Vamos, no te sulfures prima –dijo Sergio–, ya sabes que tú nunca haces mal tercio, ¡aunque estorbas un poco!, pero que importa. Venga para acá chiquilla, quién la quiere –Sergio la abraza y termina el abrazo con una ligera nalgada. Ana no tomaba con agrado la ligereza de Sergio, pero trataba de no tomarlo a mal; mucho menos tratándose de su mejor amiga y prima de Sergio–

–Bueno, ya, ya, vámonos –repuso Sandra–.

Ana se pasó todo el tiempo bromeando con Sergio, fueron siempre muy unidos desde niños. Al termino de la película las chicas decidieron irse de antro, pero Sergio se tornó indispuesto.

–Saben, creo que yo las abandono –Sergio no se sentía bien, a raíz de un accidente le sobrevenían migrañas–, me está doliendo mucho la cabeza y no creo que se me pase pronto.

–No te preocupes amor, aquí le paramos, nos quedamos en casa y tú te vas a descansar –sugirió Sandra–, ¿te duele mucho?

–Me siento algo mareado –dijo Sergio–, creo que… –Sergio se inclinó y vomitó en la banqueta–

–Yo conduzco –dijo Ana–, te dejamos en tu casa, Sandra, y yo voy a dejar a Sergio a su departamento, de allí tomo un taxi, al fin que ya no está lejos mi casa.

Camino a casa de Sandra, Sergio volvió a vomitar. Sandra se quedó en su casa, y Ana y Sergio se dirigieron hacia el departamento.

–Deja te ayudo a acostarte –dijo Ana–, te voy a traer unas aspirinas y un café bien cargado.

–Gracias prima –contestó Sergio–, apaga la luz, me molesta un poco

Sergio no pudo evitar ver el tablero de ajedrez en el estudio y se dirigió a él y plasmó la jugada de Alexander, hizo la suya y envió el mensaje:

SMS: Peón 3CR. ¿Aún sigues con pedos?

–¡Con una chingada, tú ni con dolor de cabeza dejas de jugar con Alexander!, ten la aspirina y el café, con esto se te va a quitar –dijo Ana, quien a su vez le quitaba los zapatos y calcetines a Sergio, mientras él se tomaba el café–, así estarás más cómodo, descansa en el sofá; yo, creo que mejor me voy, para que descanses.

–No prima, no te vayas, creo que me sentiré mejor contigo –Sergio la tomó de la mano y la jaló hacía él–, tal vez logres que se me olvide el dolor de cabeza.

–Sergio, no, ya no somos unos adolescentes –dijo Ana–, además Sandra es mi mejor amiga.

–¡Pero bien que te gustaba! –dijo Sergio sin soltar a Ana, que además la acariciaba con sutileza–. Sandra no se va a enterar. ¡Por aquellos tiempos!

Ana cabalgaba encima de Sergio con total entrega, sus tetas rebotaban en sincronía con el sube y baja, los gemidos se hacían eco por todo el departamento. Para Ana le era difícil resistirse a aquella su primer verga y más difícil era negarse a su primo, al mejor amigo de su infancia.

–¡Mete toda esa verga, primo, toda, toda! –repetía, Ana, una y otra vez–, te voy a dejar que te vengas en mi boca, Sergio. ¿Te gusta, verdad, te gusta que me la coma toda?

–¡Me gusta que seas mi puta! –dijo Sergio–, me encanta coger con mi prima, y voy a hacer que te la comas toda, ¡pinche puta!

La puerta del departamento se abrió, alguien entró; la luz se encendió y se iluminó prácticamente todo.

–¡Hola amor, pensé que mejor debería de… Son unos cerdos! –Sandra había entrado al departamento y presenció la escena entre Ana y Sergio– ¡Son unos estúpidos cerdos! ¿cómo fueron capaces de hacerme esto? –sollozando, preguntó Sandra–, Ana, ¡tú eres mi amiga! y ahora ¡te revuelcas con tu pinche primo!

Sandra azotó la puerta y se fue corriendo. Sergio se incorporó para alcanzarla, pero fue demasiado tarde. Ana se quedó tirada llorando, avergonzada y triste.

Suena el teléfono celular, Sergio se despierta, nuevamente solo, es una alarma. Ana se fue sin decir palabra. Se levanta para leer el mensaje.

SMS: Caballo captura Peón. ¿Te puedo visitar?, yo te di techo en Vancouver, ahora te corresponde darme a mí en Monterrey.

Sergio no tenía ganas de pensar, solo de platicar, pero las reglas son las reglas, hay que jugar para conversar:

SMS: Alfil captura Dama. Ven en cuanto puedas, necesito de alguien.

Suena de nuevo el teléfono celular, esta vez es una llamada, Sergio contesta sin verificar.

–¿Alexander? –preguntó Sergio–

–No, soy Alondra, ¿estás ocupado?, ¿esperas alguna llamada?, ¿puedo hablar contigo?

–No, no, ¿qué deseas?, te noto algo rara, ¿te pasa algo? –dijo Sergio–

–Me voy –contesto Alondra, con un ligero sollozo–, le ofrecieron un puesto a Ricardo, nos vamos a Colorado, no nos podremos volver a ver.

–¡Oh no!, ¡no me digas esto! –dijo Sergio–, y por qué dices que no nos podremos volver a ver, qué, ¿te vas ahora mismo?, seguro no es algo inmediato, ¿te puedo ver ahora?

–No Sergio –dijo Alondra–, quiero recordar todo como la última vez, no deseo una despedida triste. Solo quiero decirte, que, a nuestro modo ¡te amo!

–Yo también te amo, Alondra –respondió Sergio–

–Adiós –dijo Alondra–

–Adiós.

Todo se derrumbaba para Sergio. En unos instantes se quedaba sin novia, sin prima y sin amante. El resto del día se quedó en su cama, abstraído en ideas vagas. Sandra no contestaba sus llamadas. Ana contestó una de sus llamadas, tan solo para decirle que sentía que en parte también era culpa de ella, pero que no quería verlo por algún tiempo. Se llegó la noche, el teléfono celular sonó.

–¿Hola? –contestó Sergio–

–¿Sergio?, soy Alexander, ¡estoy en el aeropuerto de Monterrey!

–¡Qué, te la mamaste cabrón!, Qué gusto me da!, ¡voy por ti! –dijo Sergio–

Al menos había una situación feliz dentro del caos que se había generado en la vida de Sergio. Ni siquiera llegaron al departamento, se fueron directamente de antro toda la noche. No tocaron el tema de sus problemas personales, el momento era de diversión, alcohol y culos de viejas regias.

Al momento de pisar el departamento, Alexander se sorprendió del paraíso que Sergio había formado.

–¡Qué bonito está tu departamento! –dijo Alexander–

–¡Gracias! –dijo Sergio–, pero en este momento tus cumplidos no me consuelan. ¿Quieres algo de tomar?

Sergio se dirigió al bar, observó el refrigerador, donde están las cervezas, pero optó por tomar una botella de vodka.

–¿Quieres vodka? –preguntó Sergio–

–Si, claro –Alexander tomó un vaso con vodka y de reojo vio el tablero de ajedrez en el estudio–, Alfil captura Peón Jaque.

–Deja ver –Sergio se dirigió hacía el tablero y no le quedó más que hacer los movimientos–, Rey 2R.

–Me decías que necesitabas a alguien –dijo Alexander–

–Tú me habías dicho que tenías pedos, comienza tu primero –dijo Sergio–

–Es solo que estoy confundido, pero creo que mi estancia en tu ciudad me va a servir para superar mis problemas. Te siento más afligido a ti.

–Anoche me dejó mi novia, me pescó haciendo una estupidez…

Las horas se hicieron madrugada, Sergio se desahogo con Alexander. La botella de vodka marcaba el tiempo transcurrido, y las penas se hacían ligeras.

–¡Te quiero un chinnngo pinche Alexander! –dijo Sergio–, en Vancouver me la pase con madres contigo, ¿a poco no cabrón?, y aquí nos la vamos a pasar más con maaadres todavía, ¡vas a ver hijo de tu pinche canadiense madre!

–Si cabrón, como tú dices –dijo Alexander–, yo también te quiero mucho y te estimo, y me gusta estar contigo –Alexander extendió el brazo al rededor de Sergio y le dio un beso en la mejilla, lo cual causo una ligera reacción en Sergio–, no te espantes cabrón, como tú dices, es de puuuro cariño, ¿si me entiendes verdad Sergio?, ¿yo sé que me entiendes?, ¿verdad que me entiendes?

–Claro que te entiendo caaabrón, somos amigos y entre los amigos también hay cariño cabrón –dijo Sergio–

–¿Entonces si me entiendes, verdad Cabrón? –preguntó nuevamente Alexander, quien se acercó nuevamente a Sergio para darle un beso, pero esta vez fue en la boca–

Sergio correspondió a los besos y caricias de Alexander. Alexander premió la correspondencia de Sergio con una mamada como nunca había recibido una. Ambos desnudos, tirados en la alfombra; Alexander recorría todos los rincones de Sergio, mientras Sergio solo se dejaba llevar; algo de timidez impedía a Sergio ser parte activa de aquello. La verga dura de Alexander se posó en medio de las nalgas estáticas de Sergio. Allí se quedó Alexander, a la expectativa de cualquier reacción, Sergio no se inmutaba, Alexander lo tomó como un si. El varonil canadiense deslizó lentamente su miembro duro dentro del culo de Sergio, no se quejó, aguantó como todo un hombre; hasta que poco a poco lo disfrutó y comenzó a formar parte del va y ven de esa gran verga. Sergio no lo vio venir, no pudo controlar sus impulsos y permitió venir una gran eyaculada que lo dejó sin fuerzas. Se dejó caer en el piso, cansado, aún con ligeros espasmos en sus entrañas, satisfecho. Feliz.

Un ligero movimiento de Alexander por la mañana, despertó a Sergio. Aún estaban juntos, uno a lado del otro. Sergio miró detenidamente a Alexander.

–Quiero que te vayas –dijo Sergio–

–Pero qué paso, pensé que… –respondió Alexander–

–No digas nada, solo quiero que te vayas.

Alexander, triste, recogió sus cosas. No funcionó como él lo esperaba. Antes de partir, se dirigió hacía el tablero de ajedrez, alzo la mirada para ver por última vez a Sergio antes de partir. Sergio estaba reticente a ver a Alexander. El canadiense hizo su última jugada:

Caballo 5D Jaque Mate

–Adiós amor.

Y con eso, Alexander, se despidió.

primera Diarrea :: Sonnia Uresti

“Ese peste a ‘Old spice’ otra vez! , que todos usan ese desodorante en esta pinche Ciudad? ” – piensa Sonnia.
Son las 10pm, Sonnia está en la sala de espera de la oficina de Policía 101 de la delegación Gustavo A. Madero
La oficina 101 está ubicada relativamente cerca de la casa donde actualmente vive así que decidió acudir sin tener que pensarlo mucho
La llamaron porque se dio un crimen que pudiera estar relacionado con el caso de intento de violación del cual ella fue víctima unos meses atrás y el cual valientemente denuncio en su tiempo.

Mucha gente no sabe de su extraña condición, Sonnia padece de Prosopagnosia.
Prosopagnosia es una condición neurología en la cual el paciente es incapaz de reconocer los rasgos faciales de una persona
Tiene que arreglárselas de otra manera para identificar a los individuos ,por ejemplo poniendo atención en su tono de voz, accesorios que usan, movimientos, olores, etcétera.

Había Decidido que no era conveniente confesar de su condición, con excepción de muy pocos amigos cercanos, nadie conocía de su padecimiento. “Tal vez después lo diga abiertamente” – pensaba Sonnia para sí.

La policía no era la excepción, ellos no conocen del padecimiento de Sonnia, aunque si les extrañó el hecho de que pidió enfrentar personalmente al sospechoso y no desde detrás de una vitrina protegida como comúnmente se hace.
Sonnia lo pidió así pues sabe que la única manera de poder identificar al sospechoso seria observando sus movimientos, ver su reacción al verla, percibiendo su olor o pequeños accesorios en su vestimenta. Esa sería la única forma de identificarlo y la policía accedió sin problemas ya que Sonnia tiene una habilidad de convencer a las personas fácilmente. A pesar de su corta edad Sonnia ha enfrentado muchas situaciones en su vida y se mira ante la sociedad como una persona madura, ha aprendido sin problemas a integrarse a pesar de la Prosopagnosia y ayudada por su carisma natural.

Mientras estaba Sonnia en la sala de espera reflexionaba…que pasara si es el! que pasara si es el que intento violarla? y que pasara si no es? .Como cambiaría todo esto su vida? Como ha afectado todo esto en su vida profesional?

Mucho dolor ha aguantado tanto tiempo desde aquel incidente
Sonnia gasta mucho tiempo preocupada por su seguridad, piensa que el tipo volverá a intentar atacarla. Desde entonces carga -ilegalmente- una pistola además lleva consigo gas lacrimógeno, como equipo de defensa y es más analítica que de costumbre.

Cuando será el momento adecuado para ella para dejar atrás ese pasado?
Su vida está atascada aun tratando de pasar ese bache
Que acontecimiento está esperando para que su vida cambie?

“Sonnia, adelante por favor” – llamaba el oficial Marcos Ortiz para indicar que era el momento de encontrarse con el sospechoso.
Luego de unos segundos sale decepcionada.”No es el” – le dice Sonnia al oficial – “quisiera irme si ya no hay nada mas en que pueda ayudarles oficial”.

Y termino así su visita .Es tarde ya y Sonnia se siente muy agotada…..
Al menos su día termino de manera diferente a lo cotidiano, se confortaba a sí misma – “fue divertido!”
Siempre lleva consigo una cámara desde que se entero que sufría Prosopagnosia a la edad de 12 ya sea una polaroid instantánea o en último caso la cámara de su celular es útil.

Decidió ir caminando de regreso a su departamento pues estaba solo a unas pocas calles de distancia. Aunque era tarde le parecía ridículo pedir un taxi por el poco camino que iba a recorrer.

En el camino escucho una riña del otro lado de la calle por la que caminaba , eso la puso alerta. Eran un grupo de vándalos golpeando brutalmente a un joven. Los gritos del pobre desgraciado se sentían como choques eléctricos en su cabeza. El desgraciado mendigaba por ayuda pero eso no detenía a los pandilleros en su intención ni en la intensidad de la paliza. Sonnia no pudo soportar más la situación y disparo su arma. Fue sin intención de dañar a alguien en particular, solo con la idea de ahuyentarlos y la táctica funciono perfectamente.

Los vándalos se fueron, solo quedo el cuerpo tendido del joven desafortunado
Sonnia se acerco lentamente para ayudarlo y lo primero que hizo (sin saber bien porque) fue tomar una fotografía llamo a un taxi para llevar el herido al hospital.

Se miraba a sí misma en la situación que estaba viviendo…no sabía si estaba haciendo bien pero así se dio la escena de repentina y un poco influyo su ética como estudiante de Medicina para tomar la decisión de ayudar al joven .Aun estaba en su cabeza resonando el sonido del disparo, la adrenalina fluía de ver la situación de vida o muerte que atravesaba el tipo desangrado y como apareció ella como la única que podría arreglar ese desorden.

El taxista ayudo a llevar al joven al hospital regional del IMSS, no era el más cercano, pero es donde Sonnia está trabajando haciendo su servicio social y fue lo que primero le llego a la mente en ese momento.
El taxista se mostraba alterado también y no pensó en ubicar algún otro hospital sino que solo obedeció a la petición de la pasajera.

La única información que pudo obtener Del herido fue su nombre: “me llamo Juan” -dijo con vos desfalleciente. Estaba muy mal herido

Mientras iban en el taxi Sonnia llamo a Nancy al hospital. Nancy es su jefa y mejor amiga en el trabajo, es estadounidense, vino de intercambio cuando fue estudiante y aquí sigue desde entonces. Le contó con detalles todo lo que había pasado (sin mencionar la parte del disparo pues el taxista estaba escuchando y no quería perturbarlo más). Con el tiempo el stress no bajaba sino al contrario, Juan no respondía a los cuestionamientos de Sonnia y solo emitía ruidos para quejarse de dolor repentinamente.

Nancy sabe del padecimiento de Sonnia.
Al llegar al hospital ya le esperaba una camilla a Juan y fue cuando llego un poco de alivio para Sonnia y para el taxista,
Allí estaba Nancy para recibirla y fue un alivio ver por fin a alguien que conocía.”Nancy Leeman” leyó Sonnia en el gafete de la Doctora y le llego así un poco de comfort. La acompaño mientras internaban a Juan.

“Tengan cuidado con lo que le mediquen, esta drogado!” – advirtió Sonnia a su amiga. “Detén esa inyección!”
“ok Sonnia” – dice Nancy agradecida – “Nosotros nos encargaremos no te preocupes, va a ponerse bien, ve a descansar. Y ten cuidado por donde andas, no es el mismo lugar donde intentaron… tu sabes… abusar de ti?” – le pregunto Nancy preocupada.

Que! .En ese momento vinieron cientos de ideas e imágenes llegaron a la cabeza de Sonnia: “el mismo lugar”… “me llamo Juan” … el mismo lugar … ese olor. Sonnia miro su fotografía que había tomado minutos antes. Oh no! es el mismo reloj

Podrá ser posible? Le salvo la vida al cabrón que trato de violarla?
Por un momento se odio a sí misma.
Sonnia no pudo soportarlo y vomito